Monkole es un hospital de Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo. A su alrededor, la Fundación Amigos de Monkole impulsa un programa de alfabetización y emprendimiento orientado a la moda para chicas de entre 16 y 22 años en Mont-Ngafula y Selembao, dos municipios de la capital congoleña.
¿Cómo empezó tu relación con Monkole?
En el verano de 2012 un amigo que estaba en el hospital Monkole me invitó a ir. Antes ya le ayudábamos con los niños del hospital, pero allí me impresionó tanto lo que vi que he vuelto cada verano. Empezamos haciendo recaudaciones en colegios y consiguiendo alguna subvención, hasta que en 2017 creamos la fundación. Seguimos apoyando al hospital, pero nos hemos volcado también en la formación: becamos a niños para que puedan ir al colegio y formamos a chicas jóvenes que no pudieron estudiar para que tengan un oficio y un futuro.
“Al terminar les regalamos una máquina de coser, y muchas acaban siendo la principal fuente de ingresos de su casa”
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Si un lector nunca ha estado en Kinshasa, ¿qué le contarías?
Que hay que ir, porque cuando uno va se da cuenta de todo lo que tenemos. Es una ciudad donde casi no hay luz, o va y viene, y donde no hay agua corriente. La mitad de los chavales no están escolarizados, y eso afecta sobre todo a las niñas: muchas se quedan en casa cuidando de sus hermanos pequeños y pierden la ocasión de formarse. Lo que intentamos es darles una oportunidad.
¿En qué consiste el proyecto de costura y cómo ha evolucionado?
El proyecto lleva activo diez años, y nosotros lo apoyamos desde hace tres o cuatro. Se llama «Mejora de la educación y emprendimiento para adolescentes en situación de exclusión social en Kinshasa». Empieza con la alfabetización de chicas de 15 o 16 años, y a veces de hasta 22. Los dos primeros años aprenden sobre todo a escribir y a sumar; los dos últimos se centran en la costura y el emprendimiento. Al terminar les regalamos una máquina de coser, y muchas acaban siendo la principal fuente de ingresos de su casa. Ya han pasado más de mil chicas, y algunas han montado pequeñas empresas y talleres.
“Buscamos personas con experiencia en patronaje y confección que ayuden a mejorar la formación de las profesoras”
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Las formadoras son mujeres del Congo con mucha experiencia, y nuestra ilusión es que vaya gente a formar a esas profesoras. El siguiente paso es doble: dar el salto a la máquina de coser eléctrica, que permite trabajos más elaborados, y agrupar a las chicas ya formadas en una cooperativa capaz de confeccionar uniformes escolares o para hoteles.
¿Qué puede aportar un antiguo alumno de ISEM?
Buscamos personas con experiencia en patronaje y confección que ayuden a mejorar la formación de las profesoras. También nos vendría muy bien ayuda con el plan de negocio de la cooperativa. Se puede colaborar con estancias cortas, mejor en verano, que es cuando paran las clases. Quien no pueda viajar puede apadrinar a una de las niñas o colaborar con nuestro calendario solidario. Y queremos que, cuando ellas consigan trabajo, sean las que ayuden a otras chicas.
¿Qué tiene que saber quien se anime a ir?
Que no es un sitio peligroso, aunque siempre hay que tener cuidado. Que allí se habla francés. Y que el proceso no es corto: hay que tramitar el visado y vacunarse, así que conviene empezar con varios meses de antelación.
¿Qué se trae uno de vuelta?
Ver una realidad que, por mucho que te la cuenten, no te imaginas. Te das cuenta de que no te puedes quejar, porque allí la gente sobrevive como puede. Allí aprendes a valorar lo que tienes. Comprendes la suerte que hemos tenido y la responsabilidad que eso conlleva.